Chopin, A. Gronowicz

Rebuscando en las librerías de segunda mano nos hemos encontrado con otra de esas pequeñas joyas olvidadas: "Chopin" de Antoni Gronowicz, autor de ascendencia polaca conocido sobre todo por la polémica que rodea a su biografía  "El agente de Dios: La vida de Juan Pablo II contado con sus propias palabras", retirada de las librerías después de que el Vaticano la tachara de fraudulenta al negar que Gronowicz se hubiera entrevistado nunca con el Papa tal y como pretendía el autor (lo que nos da una idea de la veracidad que podemos esperar de sus libros...)

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En esta entretenida obra Gronowicz hace un repaso de toda la vida de Chopin comenzando con su infancia y primera juventud, en las que destaca "su diligencia y su casi insaciable agrado por las travesuras", como por ejemplo aquella en la que junto a su amigo Julek Fontana contrató a niños harapientos de las aldeas de Polonia para que tocaran en un concierto en el Conservatorio, demostrando así que "su música creativa se relacionaba con las canciones del pueblo".

A lo largo del libro se nos van revelando aspectos ciertamente curiosos, aunque no sabemos hasta qué punto fidedignos, del compositor, como por ejemplo su intención de participar activamente en las revueltas polacas("Empacaré mis cosas ahora mismo" musitó Federico excitadamente. "He tenido bastante música hasta después de que Polonia esté libre, desde ahora en adelante usaré un rifle para practicar"), su preferencia por el violoncello ("¡Qué lástima que desde mi niñez he estudiado el piano! Mis padres me forzaron a tocar esa caja de música. Si más tarde se hubiese dejado a mí la elección, seguramente habría elegido el violoncello") o su desprecio por la ópera ("Reconozco que había un tiempo en que iba a ver muchísimas óperas. Entonces yo estaba ansioso por aprender y al hacerlo me convencí de que la música operética no vale la pena. Es superflua").

Por supuesto abundan también todo tipo de detalles sobre su vida amorosa, comenzando con sus primeros fracasos, siempre debidos a que ellas lo abandonaban por hombres con más dinero. Entre éstos, según el autor,  fue especialmente dolorosa su ruptura con María Wodzinka, hermana de sus amigos de la infancia.

... Chopin la amaba casi tanto como a su música.

"Escribiré bellas músicas y ganaré dinero suficiente para los dos" prometió Federico mientras caminaban por los jardines de Marienbad, "y juntos seremos felices y famosos".

"Yo haré todo lo posible en el mundo por ayudarte", susurró María en respuesta. "Si somos pobres, lo seremos juntos, porque nada, ni aún la muerte, nos separará."

Hablaron y se rieron y fueron felices en Marienbad desde fines de Agosto hasta principios de Septiembre. Una vez de regreso en Paría, Federico se puso a trabajar con mucho ánimo. Antes de partir había prometido a María tomar agua de gomaguta regularmente y meterse en la cama a las once de la noche. Cumplió esas dos promesas y luego, cuando ella le mandó pantuflas de abrigo y calcetines de lana, los usó según los deseos de ella.

Luego empezó a suceder algo raro. El correo era lento, hasta inseguro, y cuando los mensajes de ella se convirtieron en agregados a las cartas de sus hermanos se dio cuenta de que Maria le estaba esquivando. Al año el noviazgo se había terminado y María se prometía con el Conde Josef Starbek.

Durante todo su pesar por esta desilusión, Federico tenía un fiel compañero en quien confiar: su piano.

El libro continúa con su relación con Jorge Sand (llegando a insinuar que los primeros malentendidos entre ambos surgieron por la relación excesivamente buena existente entre Chopin y Solange, la hija de Sand) o su tardía amistad con la escocesa Juana Stirling, la cual lo salvó de la pobreza al mandarle anónimamente al final de su vida veinticinco mil francos.

También nos narra las miserias de su vida y sus duros años finales. Merece la pena citar textualmente el párrafo en el que describe la muerte de Chopin, en el cual Gronowicz nos deleita una vez más con su vena poética:

... Así murió, rodeado de amigos y sostenido en los amorosos brazos de la hermana que le había dado sus primeras lecciones de música.

Al pequeño grupo de presentes pareció que la pesada atmósfera de la habitación se llenara de música melodiosa y potente. Era música lenta que tenía más tragedia que solemnidad en sus compases. El bramar de la tempestad estaba en ella y el blando agitar de las hojas y el quebrar estruendoso de árboles forestales arrancados de raíz. Había llamaradas de fuego en esta música y los torbellinos se cortaban con relámpagos devastadores; la lluvia azotaba vigorosamente y toda criatura viviente clamaba contra la destrucción. La música continuó su ritmo ensordecedor; la fatiga se deslizó arrastrándose en ella, y también un poco de resignación. Era profunda como el océano y tan potente que ninguna puerta ni ventana podía excluirla. Los presentes, cuyos oídos, en imaginación, escuchaban esta música la conocían bien, pues era parte de la "Marcha fúnebre" de Federico Chopin.

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